‘Hay que romper las posiciones de poder’

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Desde que ha pisado Barcelona para pasar unos pocos días, su agenda no ha cesado de acumular citas, pero aun así nos concede unos minutos para entrevistarla. Helena Maleno vive en Marruecos y es investigadora social. Se organiza en el Colectivo Ca-minando Fronteras y a menudo colabora como periodista. Como las personas que cuando llegan a tierra tras jugarse la vida en una patera gritan Boza!, Maleno reivindica este grito mágico para construir resistencia y erosionar muros.

¿Qué relación hay entre la vulneración normalizada de los derechos humanos de la población migrante y el racismo?

Directa. Lo aumenta y lo refuerza. Lo vemos en Europa con los movimientos de extrema derecha, lo vemos aquí y en los países del tránsito migratorio, a los que pagamos para que lo controlen. Cuando desde las políticas institucionalizadas se persigue a una comunidad determinada se genera un rechazo en la comunidad de acogida bajo el argumento de “si los persiguen algo habrán hecho”. Un ejemplo claro son los CIE, mucha gente no sabe que los que van allí no tienen delito alguno, que llegan y se los llevan directamente. La persecución de la guardia urbana a los manteros es otro ejemplo, ya que crea una imagen de miedo y rechazo ante la población, y el rechazo no empieza por la policía blanca, que ves como tuya, sino por el otro que está siendo perseguido. Esas políticas tienen un impacto directo en el aumento del racismo y la xenofobia y además refuerzan a quien ya tiene esas conductas.

¿Cómo podemos luchar contra eso sin caer en el asistencialismo?

Evitándolo, el asistencialismo es racismo. No debemos caer en la victimización ni en la criminalización. Hay que entenderlos como ciudadanos que se mueven, darles los derechos que les estamos robando y ya verán ellos lo que hacen. Debemos construirnos como una sociedad plural, creo que no lo entendemos, incluso en los movimientos de izquierdas estamos muy horadados en esa construcción de los unos y los otros.  Hay que entender que en el movimiento hay ciudadanía, que tengas un documento u otro no quita que tus derechos fundamentales sean únicos e intransferibles y te acompañarán siempre.

Dentro de los proyectos sociales con discursos antirracistas, en barrios donde la población migrante está muy presente, la confluencia no se da ¿en qué fallamos?

Estamos construyendo proyectos desde nuestras visiones y necesidades e interpelándonos a nosotras mismas. Es importante interpelar a las otras y escuchar qué nos dicen, ya que muchas veces somos nosotras las que las necesitamos. O igual debemos ir a sus espacios que pueden ser lugares más plurales… y aprender.

Tenemos que empezar a construirnos desde otras identidades. Empezar a cuestionarnos. Yo me cuestiono muchas veces si el comportamiento que estoy teniendo con compañeras y compañeros lo estoy haciendo desde un etnocentrismo o desde una posición racista. Y no podemos cuestionarnos desde nuestras sillas, debemos dejar que nos cuestionen, que esa ciudadanía migrante cuestione nuestras construcciones democráticas, nuestras construcciones sociales. Y ya lo están haciendo, todo ese movimiento de refugiados en las fronteras ya nos están diciendo la clase de Europa que somos. Nos vendieron que éramos la Europa de los derechos humanos, que teníamos un espacio Schengen sin fronteras, todos eso es mentira. Somos la Europa de las mercancías. Y a esas personas que vienen a nuestros territorios las necesitamos para nosotras ser más consumidoras, necesitamos sus órganos, su fuerza  de trabajo, su sexo. Necesitamos consumirlas. No se está cuestionando esa construcción.

Hay que rozarse, creo que nos rozamos muy poco y que además no queremos hacerlo.

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¿Cómo perjudica la gentrificación y el auge del turismo a la gente precaria y migrantes?

Afecta al eslabón más débil, al migrante. Tenemos voz las que tenemos documentación, las que votamos y tenemos unas determinadas características físicas y al resto las invisibilizamos. ¿Construimos las ciudades y barrios con un enfoque de ciudadanía o con otros? Si lo hacemos con enfoque de ciudadanía quiere decir que cualquiera que vive en el barrio es ciudadano, pero la realidad no es así. Las ciudades están construidas desde una visión de mercancía, de venta, de un espacio público que no es un espacio compartido.

La lucha de los manteros es muy interesante porque de esa invisibilidad se han hecho visibles, y los ha recibido el Papa, que no es ninguna gilipollez, es una visibilidad enorme. Lo que más les ha jodido a las instituciones es que se haya destapado esta realidad. Están diciendo “somos un sindicato de trabajadores porque estamos trabajando. Queremos ser visibles, tenemos voz”. Ha sido muy acertado salir de esa lucha por documentos y nacionalidad, en nuestro sistema estamos muy preocupados por determinar cuál es nuestra nacionalidad y ellos han salido de eso para transformarse en población ciudadana que trabaja. Es un movimiento del que se debería aprender muchas cosas, pero todavía nos queda.

¿Qué consejo nos darías para ir rompiendo estas barreras en nuestro día a día?

Hay que rozarse, creo que nos rozamos muy poco y que además no queremos hacerlo. Tenemos la cabeza muy encajonada y debemos rozarnos con ellos, aprender, escuchar y encontrar puntos comunes en los que estar juntas. Hay que romper las posiciones de poder. Tu piel blanca te sitúa en una posición de poder porque hay un sistema neocolonial que te coloca en ese lugar, desde ahí hay que romper esas posiciones de poder, rozarse y generar relaciones de cuidado y de confianza, porque si no es imposible trabajar juntas.

Te das cuenta que detrás hay un sistema que a mí, en mi pobreza, me da el privilegio de tener un documento que me sitúa en un rango de poder sobre la otra persona

¿Hay un click que te hace reaccionar ante todo esto?

Vengo de una familia muy pobre, de un barrio muy “chungo” y una madre sola con dos hijas. A partir de ahí sé lo que es tener que luchar por tus propios espacios y por tus derechos. En ese contexto de lucha comienzas a construirte como persona, y en esa construcción comienzas a conocer a otra gente de los barrios que está jodida más jodida que tú, porque ellos no tienen un DNI, que eres mujer pobre pero con un documento de identidad. Van apareciendo compañeros y compañeras y te das cuenta que detrás hay un sistema que a mí, en mi pobreza, me da el privilegio de tener un documento que me sitúa en un rango de poder sobre la otra persona, pero yo no quiero eso. Yo quiero los mismos derechos para todas. Empiezas así a trabajar para construir un mundo desde otra perspectiva.

¿Qué pasa cuando te enfrentas a esas estructuras opresivas y denuncias el racismo y la violencia que ejerce el estado?¿Has sufrido persecución por ello?

 La violencia por desgracia siempre está presente. Vivimos en un sistema muy violento, sufrimos violencias en mayor o menor grado dependiendo de nuestras posiciones de privilegio. Como mujer, aunque tengas privilegios sufres agresiones por tu género y cuando tomas determinadas posiciones dentro del sistema sufres otras violencias. Yo he sufrido agresiones físicas por mi condición de activista. Por ejemplo, trabajo de investigadora y el estado y la administración ha intentado dejarme sin empleo yendo a las organizaciones donde trabajaba diciendo que soy traficante. Toda la maquinaria se pone en marcha. Pero luego hay muchas redes que te protegen. Agradezco mucho a las comunidades migrantes que me dan cariño y me han protegido, incluso han protegido mi vida en muchas ocasiones. Tenemos que tener útiles de resistencia ante todas las violencias.

Aprendes a vivir con determinadas medidas de seguridad pero eso va frenando tu libertad. No me embarro en el victimismo porque he aprendido mucho de compañeras nigerianas y camerunesas que han vivido entre esa violencia estructural , entre la violencia de las redes de trata y que encuentran siempre el camino de la resiliencia. A otras compañeras también las agredieron y con el paso del tiempo comenzamos a hablar y ahora estamos juntas.

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¿Qué alianzas y redes has ido tejiendo a lo largo de estos años?

Compañeros y compañeras maravillosas de todas las nacionalidades. Hace poco murió mi madre y fue impresionante porque me llamaron personas que estaban en París, otras compañeras con las que estuve trabajando en Colombia me llamaron desde ahí, también de Nigeria y Camerún. Te das cuenta de que esa red de los cariños y afectos funciona bastante bien.

A nosotros por ejemplo nos llaman muchas veces cuando las pateras están en el agua. Eso ya ha creado una red, cuando se realiza un rescate a las pateras que hay en Nador están todos tranquilos, sentados sin saltar, sin ponerse nerviosos. Ellos ya saben que salvamento va a venir, que no hay que ponerse en peligro los unos a los otros. Se generan una serie de redes de aprendizaje que funcionan.

 

El resistir y el moverse está en nuestro ADN

¿De dónde sacáis esa fuerza?

De dentro. Siempre se puede, hasta que no estás muerta puedes más. De ahí se saca la fuerza, no hay otro camino que no sea tirar para adelante. Hacia atrás, ni para coger impulso. Hay muchas cosas que hemos aprendido desde pequeñitas, nos han enseñado sobre la hospitalidad, que viene de nuestras costumbres, y ahora la estamos criminalizando. Lo natural es aceptar al otro. El resistir y el moverse está en nuestro ADN. Moverse es un derecho, la construcción del ser humano se hace moviéndose, así es como hemos evolucionado.

 

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