Feminismos desde las entrañas del Sur

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Cuando entramos en el ambiente feminista, lo primero que nos queda muy claro es nuestra lucha contra el patriarcado, el cual se entiende como parte del sistema-mundo opresor y dominante.  Nuestros feminismos se originan entonces, desde la opresión y la explotación del cuerpo femenino, en donde a veces caemos en invisibilizar las diferencias y subjetividades de dichos cuerpos. Surgen otras transversalidades de opresiones, que muchas veces no vemos, desconocemos o negamos al estar asentadas en un territorio endógeno, al normalizar nuestros privilegios y los conocimientos que consumimos, o al resistirnos en aceptar una lucha interna, porque probablemente nos dolerá.

Territorios fértiles en considerable extensión fueron colonizados, vastos territorios en donde las poblaciones fueron subordinadas en pos de una economía moderna capitalista, haciendo uso de la idea de raza y poniendo algunos cuerpos en situación de inferioridad con respecto a otros. Esta subordinación, opresión y explotación produjo distintas capas, pareciese que la más vista sea solo la capa del expolio. Sin embargo, para lograr esta mega industria, hubo que subordinar a los cuerpos femeninos, su sexo y sus úteros, a “ellas”, dadoras de hijxs para un sistema esclavista y la construcción del imperio occidental.

Hoy en día, una gran parte de las mujeres provenientes y asentadas en el aún llamado tercer mundo, hemos creído en una “liberación de la mujer”. Como cuerpos colonizados hemos confundido muchas veces esta liberación intentando encajar en el sistema hegemónico, vistiendo una identidad que no era la nuestra, o utilizando estrategias que creíamos que eran las “verdaderas” y  que sabrían decirnos lo que era mejor para nosotras. Si un pensamiento liberador emerge, lo hace desde algún sitio – no puede ser de otra forma – y la liberación corresponde a ese sitio. Por lo tanto, la liberación de la mujer planteada desde Europa, corresponde a una liberación desde cuerpos europeos y desde una posición en el sistema de jerarquía racial global dentro de las estructuras de la colonialidad, acompañada con todos sus privilegios, los que de una manera u otra contribuyen a la opresión de mujeres con otras subjetividades subalternas.

Viajamos solas en busca de destinos, experiencias, algunas veces creyendo huir de ellas, y al fin, nos damos cuenta que el colonialismo no sólo tiene que ver con un sistema económico, sino que hay matices que se cruzan y pueden llegar a ser mucho más fuertes, que hay otras relaciones de poder que se entrelazan, se (nos) enredan y nos dejan heridas en la piel. Porque el feminismo que emerge en Europa en el siglo XIX proviene del concepto de “la mujer”, como si en esa mujer debiésemos encajar también, eternamente negando subordinaciones. Es ahí, en ese concepto, donde claramente no encajamos, donde se nos trata de vender una otra realidad que no vivimos. Y seguimos así bajo el mando de un pensamiento dualista en donde se separa el objeto del sujeto, en donde se mira hacia afuera, en donde al ver un “otro”, existe el “otro”. Y es así entonces como nos volvemos “las otras”. No sólo somos mujeres explotadas por un sistema económico capitalista patriarcal sino también subordinadas por la racialización de nuestros cuerpos, nuestros lenguajes – nunca tan adaptado, nuestros espacios,  nuestra precarización, nuestra lesbianidad y nuestra eterna “otredad”. Se nos posiciona de forma tan sutil en un lugar inferior, que incluso es naturalizada por nosotras mismas; y peor aún, al llegar y al vernos consumidas por Europa, debemos endurecer la piel tratando de ocupar un espacio y una alianza con la realidad misma.

La “blanquitud” nos golpea constantemente y paradójicamente hemos de cuidarnos de “blanquearnos” (o al menos de creer poder hacerlo); nos podría dar la sensación de querer la integración  y asimilación,  una vez más intentando encajar en una indentidad con más privilegios. Pero nos dimos cuenta que en realidad no queremos ser iguales y que no queremos encajar, que somos diferentes y amamos la disidencia, que el discurso de igualdad invisibiliza nuestra diferencia, nuestra racialización y nuestras opresiones intersectadas, las mantiene y reproduce.

Pues aquí encontramos el racismo en la izquierda, en los movimientos sociales y en los espacios feministas, que con buen rollo y una actitud paternalista/maternalista nos infantilizan y exotizan. Mujeresbienintencionadas que quieren enseñarnos cómo liberarnos de nuestras opresiones o deniegan nuestras palabras al decir que estas “ya han sido superadas aquí” (curiosamente cuando estas refieren a temas relacionados con el racismo o colonialidad). También están las que invisibilizan nuestras denuncias y cuestionamientos porque ellas también sufren opresiones, como si eso borrase sus privilegios o racismos, o las que nos dicen que estamos demasiado enojadas, que nuestros planteamientos políticos son erróneos, que no contribuimos al diálogo e incluso le hacemos un “flaco favor” al feminismo o las otras tantas…

Hablamos desde nuestras entrañas, desde la diversidad de nuestros cuerpos y nuestros sexos, reivindicando nuestra agencia en nuestros feminismos, poniendo nuestro cuerpo, porque no tenemos otra opción; porque al terminar de leer este texto, no podremos olvidar lo que aquí se ha articulado; porque nuestros feminismos están encarnados en estos cuerpos racializados, porque la colonialidad del ser y saber es parte de nuestra cotidianidad, porque nuestra lucha feminista no puede ser otra que también una lucha anti-racista.

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